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12 junio 2026, 4:01 pm

Rosario: los mejores sabores, del bodegón al fine dining para disfrutar en una escapada

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A 300 km de Buenos Aires por la RN 9 hacia el noroeste, Rosario tienta con sus sabores tradicionales y no tanto al viajero amante de la gastronomía, la cultura y la vida al aire libre: aquí es posible inmiscuirse en la idiosincrasia del río y sus orillas, en la pasión futbolera, en la música, en la literatura.

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“No sé qué será, no sé si será el agua, no sé si somos los mejores del mundo en todo, hasta en la gastronomía, donde prima la tradición italiana: creo que es una cuestión de sentimientos y recuerdos; el del churrero que pasaba todos los días por los barrios, los míticos helados, el carlito, el torpedo, ¡la singarela!, las heladerías o la pizza en “la Santa María”, son parte del folklore, de la naturaleza viva de la ciudad, y ni hablar de los bodegones”, cuenta la periodista y cocinera rosarina Mónica Gómez desde Posadas, con nostalgia y un orgullo imposible de ocultar sobre la ciudad que la vio nacer.

Si de cocina se trata, ella no puede olvidar los churros y los helados, los bodegones viejos, las pizzas. Y ahora también, la cocina gourmet, el fine dining que le dicen. La gastronomía rosarina sorprende de la mano de los pescados de río, las carnes, las huertas que promociona la Municipalidad.

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Sin olvidarse de caminar sus calles para admirar los edificios y sus cúpulas de antaño, la bella costanera del río y su mística, por el barrio de Pichincha y sus leyendas. Para sumergirse en la idiosincrasia del agua, el canto y la gente con otro ritmo.

Comedor Balcarce

Son varios los bodegones que nacieron en el ahora fashionable barrio de Pichincha de la mano del puerto, los portuarios, los obreros de la fábrica Fitz Roy, entre otros. Lo más lindo es que aún hoy dan de comer aquellos clásicos de antaño como el hígado encebollado del Comedor Balcarce, que hasta Pablo Rivero, el chef de una de las mejores parrillas de Buenos Aires, añora. Él recorre todos esos kilómetros desde Don Julio para probarlos en su platina tradicional en mesa de bodegón con manteles en rojo y blanco y paredes que dejan ver las cicatrices del tiempo.

Antes, dicen los que cuentan, Pichincha era otra cosa. “Vivían prostitutas y estaba el local de madame Saló, con las prostitutas francesas más refinadas del país que esperaban a su cliente con su perrito en brazos”, cuenta la escritora Hebe Uhart en la crónica “Rosario de la frontera”, del libro Viajera crónica.

Aunque Pichincha ahora está iluminada y llena de gente, la proximidad con el río marrón y el puerto conserva su oscuro encanto, por más que ya no sea aquel puerto de Fontanarrosa cuando entraban barcos y: “mi viejo me llevaba muchas veces a visitar… empezábamos a recorrer los depósitos… aquello era una sinfonía de razas y colores, hindúes con turbantes y taparrabos, chinos y malayos, que bajaban para conseguir perros para comer, árabes, negros… algunos gigantescos… y había chivos, camélidos, jaulas repletas de loros y guacamayos, monos amazónicos”.

Hoy resisten bodegones de tres generaciones de 1961 como el mencionado Comedor Balcarce, en la esquina de Brown y Balcarce, donde primero Secundino, luego Eduardo –tras el mostrador con sus 82 años– y ahora Fernando Santarelli sirven las milanesas del tamaño de una plancha redonda de bife, las supremas ¡a la Maryland!, los chinchulines, la tortilla, las albóndigas con papa, la carne a la cacerola y el famoso hígado encebollado.

El joven chef aportó vinos exquisitos de distintas regiones del país, más el vermú de la casa hecho por Vermú Pichincha. Las familias y parejas llegan y saludan a los mozos como si otra Argentina estuviera sucediendo aquí.

Negre

Fernando también es el responsable de Negre junto con su compañera en la vida y sommelier Melina Ocampo, una experiencia gastronómica en sí misma donde no faltan los pescados de río de pesca artesanal, la carne de pastura santafesina, los vegetales agroecológicos de Parques Huerta, el programa municipal de agricultura agroecológica, y los encurtidos bien logrados.

Negre se ubica en un antiguo galpón reciclado convertido en un restaurante moderno, con una larga barra con cocina a la vista, luces blancas y negras, buena música un poco más alta que lo habitual en un fine dining, y menú degustación para pasar una noche distinta.

Los platos combinan ingredientes locales, identidad rosarina y también mendocina del chef Diego Tapia (ex sous chef de Azafrán, con estrella Michelin).

Aunque Diego viaje cada tanto a supervisar y oscile entre Rosario y Mendoza, los platos son de su autoría en conjunto con Fernando. Destacable la pesca de río en delicias como el tiradito de surubí con uvas y cebollas moradas encurtidas, leche de tigre y anchoas marplatenses, un plato fresco y con un sabor único.

Hay ostras y carnes en versiones curiosas como el pastrami de marucha, curado en salmuera durante 25 días y cocido en sous vide y laqueado; mejor directo el ojo de bife de carne a pastura. Excelente selección de quesos artesanales para el comienzo o el postre. Algunos picores que se saborean y otras texturas y sabores más originales dan cuenta de una búsqueda compleja, con mucho potencial.

Hambriento Cocina

Y hablando de potencial, están los restaurantes clásicos que no fallan, como La Refinería, y el secreto a voces, Hambriento Cocina, un reducto a puertas cerradas para 10 personas con un menú degustación de 8 pasos liderado por Gustavo Martínez y Virginia Rosa. Los cocineros resultaron finalistas del Prix de Baron B – Édition Cuisine 2025 por su enfoque en la sustentabilidad, la identidad del litoral argentino y la cocina honesta a puertas cerradas en Rosario. Pruebe la boga.

Pan, café, vino y helado

Rosario tiene cafés de especialidad y panaderías que merecen una peregrinación, como Infinita, de Claudio Joinson. No tiene menú y no hace falta porque el aroma de todo lo que se prepara en el día ya es un llamador de ángeles.

Sorprenden por el sabor y la autenticidad de sus ingredientes las croissants de pistachos y los cannelés que, consumidos frescos recién hechos, son como los originales de Burdeos, realizados como lo hacían las monjas. Una delicia, al igual que el lamignton, dulzura tradicional de Australia, donde vive una de las hijas del dueño.

También merecen una peregrinación las medialunas de Barra, los helados de Bocha y sus gustos psicodélicos, entre otras muchas heladerías de la Capital Nacional del Helado, los Carlitos de la centenaria Chopería Blanco o del bar El Cairo.

El Carlito es el sándwich emblemático de Rosario, tostado de jamón, queso, ketchup y manteca, declarado patrimonio cultural de la ciudad. La ese en Rosario se aspira, vaya a saber por qué misterios del idioma hablado.

Datos útiles

Comedor Balcarce. Brown 2093, abre de lunes a sábados mediodía y noche; domingos mediodía.

Negre. Guemes 2587. Martes a sábados desde las 19.30.

Infinita. Santiago 217. Martes a sábado de 8.30 a 20; domingo de 8.30 a 13.30.

Bocha. Paraguay 412. Sábados y domingos de 12 a 00, lunes a viernes, de 17 a 00.

El Cairo. Av. Pellegrini 1500. Bar icónico, Carlitos, vermut.

Chopería Blanco. Alem 1701. Bodegón tradicional centenario con tostados “Carlitos”, choperas y clásicos.

Vinito. Wheelwright 1487. Próximamente también en Jujuy 2248. Abre de lunes a lunes desde la mañana y es un all day en una antigua casona preciosa. Lo más lindo: dejarse sorprender por los vinos y probar las riquísimas picadas.

Hambriento cocina. A puertas cerradas para 10 comensales de jueves a domingos.

La Refinería. Rawson 443, 0341 15-695-1250. Lunes a sábados desde las 20.


Fuente: La Nación

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