
Existe un dejo de resistencia debajo de la tierra, en la estación Malabia de la línea B de subtes. A pesar del resultado 1 a 0 a favor de España en la final de la Copa del Mundo, los cantos siguen vivos. Aunque inevitables, los rostros de tristeza se niegan a desmoronarse. “Soy argentino, este sentimiento, no puedo parar”, entonan los pasajeros mientras usan de tambores las ventanas del vagón.
El tren está atiborrado de personas que viajan rumbo al Obelisco igual a festejar, algunas miradas enfocan al oscuro exterior del subterráneo. Las banderas sirven de colgantes sobre las espaldas de algunos y, cuando parece que la noche cae, los golpes y la cumbia que acompaña a la gente que ingresa se convierten en un bálsamo.
Emoción en el subte B
Las manos se agitan y vuelven a golpetear el techo del vagón al ritmo de la música. La alegría permanece. Nada importa. “A pesar del resultado, es una locura, una pasión enorme. Argentina ganó, dejó a los ingleses afuera. ¡Arriba Argentina!“, dice a LA NACION Pedro, un joven que celebra al pie del ícono porteño.
“Somos campeones como siempre. No importa lo que pase, acá vamos a estar siempre”, decreta el Payaso Marmolín, que sobre la avenida calle Corrientes vende globos alargados de colores albicelestes. A su alrededor, cientos de personas todavía hacen ondear banderas y se niegan a abandonar el clima festivo, pese a que la Scaloneta no consiguió el tetracampeonato.
Entre la gente reunida en el Obelisco, están los que llegaron desde la mañana para alentar a la selección y ahora se van, y los que recién llegan a celebrar el botín que se supo conseguir: el subcampeonato después de un arduo partido en New Jersey.
Sobre la 9 de Julio, los hinchas siguen concentrándose, aunque la densidad resulta más ligera que la del miércoles pasado, tras la exitosa semifinal contra Inglaterra. Jorge, que lleva un triciclo repleto de Coca Cola y de fernet, llegó recién cuando terminó la final. “Acá venimos ganemos o perdamos, papá. Si perdemos todavía hay más para venir. Si no, seríamos hipócritas”, dice.
El contraste es notorio saliendo el microcentro. Hacia Recoleta, por un lado, y la zona del Congreso, por el otro, muchos transitan cabizbajos en dirección a paradas de colectivos o hacia sus autos. Comentan que no imaginaban posible este escenario. Hay vecinos, pero también hinchas provenientes del conurbano bonaerense, entre ellos grupos de amigos y familias que alquilaron por el día departamentos cercanos al Obelisco para poder ir directo a festejar el soñado triunfo al tradicional punto de encuentro.
“No tenía en la cabeza la posibilidad de perder. Vine preparada para ir a saltar al Obelisco: solo traje el celular y las llaves de mi casa, y me puse zapatillas cómodas. Ya me imaginaba subida al techo del Metrobus”, cuenta con una media sonrisa Candelaria, publicitaria de San Isidro, de 30 años, que vio el partido con amigas en Recoleta.
“Estuve nervioso todo el día. Tenía expectativas muy altas, pero apenas empezó el partido me di cuenta que teníamos muy pocas chances de ganar. La pasamos muy mal durante los 120 minutos”, suma Manuel, diseñador gráfico, de 29 años, de Belgrano.
A Felicitas García Mansilla, ver a Lionel Messi llorar tras la derrota le rompió el corazón. “Yo lloraba viéndolo llorar. Me daba ganas de decirle: ‘Tranqui, sabemos que lo diste todo”, comenta la joven de 29 años y terapista ocupacional, oriunda de Vicente López.
El silencio se rompe por momentos, con cantos de aliento que salen de algún auto o de grupos de amigos que caminan en dirección al Obelisco, que parece ser el foco donde no cede la alegría. También lo corta el Himno Nacional Argentino, que emiten los altoparlantes de un balcón.
Fuente: La Nación










