En el seno de las universidades argentinas se vive una profunda crisis que trasciende la academia y se adentra en el ámbito del poder. Dos casos emblemáticos, uno en Tucumán y otro en La Plata, revelan la dificultad de estas instituciones para aceptar la alternancia y el debate.
La Universidad Nacional de Tucumán, históricamente un bastión intelectual del norte del país, ha estado en el centro de una controversia debido a la intención de su rector, Sergio Pagani, de buscar un tercer mandato, a pesar de las restricciones estatutarias. Esta situación llevó a una serie de conflictos judiciales que culminaron en un fallo de la Cámara Federal que impidió su candidatura. No obstante, el nuevo rector ya planea crear un cargo estratégico para que Pagani continúe influyendo en la universidad.
En tanto, en la Universidad de La Plata, se ha evidenciado una dinámica similar. El rector Fernando Tauber ha logrado mantenerse en el poder durante dos décadas, utilizando un sistema de rotación de cargos que elude las limitaciones estatutarias. Su última elección, en la que no hubo oposición, refleja una cultura de unanimidad que ha silenciado el debate y la discrepancia. Tauber llegó a afirmar que «el que piensa distinto no tiene que estar en esta asamblea», un comentario que resuena con preocupación en el contexto académico.
La Universidad de La Plata, además, ha intentado actualizar su Monumento a los Cinco Sabios, incorporando a figuras contemporáneas, entre ellas al propio rector Tauber. Esta propuesta, aunque inicialmente bien recibida, suscitó un murmullo de descontento que se expresó anónimamente en la comunidad académica. Al final, Tauber optó por no aceptar la nominación, en un gesto que algunos interpretan como una falta de humildad ante el legado de los grandes pensadores que representa el monumento.
Este tipo de episodios pone de manifiesto la necesidad de una reflexión profunda sobre el rumbo que deben tomar las universidades en un contexto de cambios globales, como la revolución de la inteligencia artificial. La incapacidad de estas instituciones para abordar la crisis educativa y su desconexión con la demanda de profesionales, como ingenieros, son aspectos que deben ser discutidos con urgencia.
Los cuestionamientos que surgen de manera anónima indican un clima de temor y subordinación en la academia. La forma en que se gestionan los reconocimientos y las designaciones honorarias, muchas veces más vinculadas a intereses políticos que a méritos académicos, contribuye a deteriorar la ética institucional.
En un momento donde la universidad pública enfrenta desafíos cruciales, es fundamental que se revalore el pluralismo y el espíritu crítico. La falta de debate y la cultura del personalismo en el ámbito académico pueden transformar a estas instituciones en espacios homogéneos, alejados de su esencia educativa y de su función social.
Fuente: La Nación










