
“Voy peleándola, porque aún no puedo caminar, pero estoy bastante bien”. Irradia optimismo. Lejos del rictus enérgico que ha disfrutado diseminar en su vida profesional y pública, lo cierto es que Samuel Chiche Gelblung se dispone a la charla con LA NACION de manera bien amorosa y con no poca dosis de humor.
Alguien puede suponer que se trata de una cuestión de años —cumplió 82— o que los achaques que lo llevaron a someterse a varias internaciones en los últimos tiempos le diezmaron el temple. Algo de eso, posiblemente, pueda incidir en la personalidad del guerrero que, en este caso, lejos está del descanso. Una trombosis en el tobillo, la colocación de dos stents en una de sus piernas y una caída hogareña no le alteraron la agenda al hombre nacido en Villa Devoto.
Lúcido y con una claridad conceptual que lo muestra tan aferrado, no sólo a su profesión y su pasión por contar y tamizar —a su modo— la realidad, sino también asido con devoción a la vida. “No está en mis planes morirme”, asegura.
En la charla, se despachará a gusto —y provocador— sobre Cristina Kirchner –“Ningún presidente debería ir preso”– y Javier Milei –“Es un demente”-, y pensará, sin remordimientos, en algunos “pecados” profesionales cometidos.
“Nadie que no haya nacido y esté dispuesto a vivir solo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia”, sostuvo Gabriel García Márquez sobre la faena periodística. Sus dichos bien le caben a Gelblung, el hombre que hizo de la comunicación, la noticia y el show informativo un estilo de vida.
Querido, admirado y controversial. Lo que muchos le critican, él lo muta en elogio. Lo que algunos consideran por fuera de los límites de la deontología profesional, él lo aborda sin ningún tipo de prejuicio. Fue perseguido por peronistas, montoneros y militares. Alguna bomba intimidatoria en su casa lo llevó a marcharse del país.
Siempre marcó agenda, formó a varias generaciones de periodistas y no se privó de coquetear con la muerte en el campo de batalla de varias contiendas bélicas hasta generar producciones televisivas, entre bizarras y kitsch, que aún son recordadas.
“Después de tener hijos, algunas osadías se calmaron”, afirma mientras señala una pintura original de Eduardo Bergara Leumann que alimenta la estética de una pared de su casa en un barrio privado de Pilar y recuerda su pasado como cantante de tangos bajo el seudónimo de Mariano Ovejero, en la recordada Botica del Ángel.
—A las pocas horas del alta de su internación, se lo vio en el estudio de Crónica TV, donde realiza su programa. Fue algo sorpresivo para todos.
—Les tuve que explicar a los médicos que quería salir del sanatorio porque deseaba ir al canal, ya que no lo consideraba un trabajo, sino algo terapéutico.
Una camisa canchera y tiradores le confieren un aspecto muy propio que le imprime desenfado a su silla de ruedas. “La herida de la planta del pie, que es muy profunda, se está cicatrizando; el problema fue que no tenía irrigación la pierna, porque la arteria estaba tapada”, señala.
Una suerte de “succionador” está conectado a su pierna para lograr el mejor drenaje. Sin embargo, se lo divisa tan libre como siempre, aunque, al modo de Vladimir y Estragón, esperando a un tal Godot que, en su caso, es la independencia del cablerío y ponerse de pie.
A su manera
—En usted hay una manera de ejercer el oficio periodístico muy propia. ¿Es consciente de quién es y qué significa para el medio?
—Soy consciente de que muchas de las cosas que me criticaban hace 30 años, ahora me las elogian.
—Usted mostró una “intervención quirúrgica” a un extraterrestre y, de sus entrañas, destripó menudos de pollo.
—Y sí…
—Hay que tener una alta dosis de creatividad para desarrollar ese tipo de contenidos.
—Comencé en la televisión a los 50 años, la edad en la que muchos piensan en el retiro; venía de la gráfica, pero la gente me preguntaba qué había hecho antes. Cuando [Alejandro] Romay me propuso empezar en televisión, tuve la libertad de poder hacer cosas diferentes, a riesgo de que me insultaran. Cuando me dieron el Martín Fierro de Oro, la gente que, en aquellos tiempos me puteaba, era la que, esa noche, me aplaudía. Más allá de lo del “ET”, teníamos grandes producciones; viajábamos por todo el mundo.
—Un show de la noticia.
—Esa es la forma de pensarlo. Hoy todos lo copian.
Cuando se le recuerda la historia del ciudadano filipino “embarazado”, estalla en una carcajada. Imposible no reír con él. “Había que aguantarse las críticas”.
—Confirmemos o aniquilemos un mito, ¿es suya la frase “que la verdad no opaque una buena nota”?
—No es mía.
—Podría haber sido…
—Me la adjudicaron a mí, al “gordo” [Juan Carlos] Petrone en Crítica y a Félix Laiño en La Razón; me siento orgulloso, porque se la han endilgado a gente muy importante.
Su paso por la dirección de la revista Gente fue bisagra en su carrera y un punto de inflexión en esa publicación. “Empecé en 1967 y me fui en 1981”, señala. Su primera tarea en ese medio fue la cobertura de la denominada “Guerra de los seis días”. También se involucró en Vietnam y en la Guerra de Biafra y fue un consuetudinario cronista de los vaivenes políticos, bélicos y sociales del continente africano. Exotismos de su narrativa periodística.
—En aquellos tiempos, joven y con la llama encendida de quien está creciendo en su profesión, ¿le temía a algo?
—No tenía miedo. Antes de ser padre, no me importaba nada, pero no era temerario. En el momento en el que tuve a mi primer hijo, entendí qué era ser vulnerable.
—Ahondemos en esa dicotomía entre el no tener miedo y no ser temerario.
—No le tenía miedo a la noticia; me metía en todos lados, pero no buscaba la muerte; me cuidaba.
—Tiene fama de exigente, pero también de “pocas pulgas”.
—Es la fama.
—Algo debe haber.
—Es cierto que soy gritón, pero nunca he pedido algo que yo no estuviera dispuesto a hacer; es más, lo hacía. He llegado a hacer guardias de 48 horas. A mi gente nunca le pido imposibles, no soy un delirante.
Incomodidades
—¿A quién ha molestado más: a los gobiernos democráticos o a los militares?
—Siempre era mejor trabajar durante los gobiernos democráticos, pero nos puteaba todo el mundo. Me pusieron tres bombas en mi casa; eso demuestra que no dejaba conforme a todo el mundo. La primera bomba fue de los Montoneros, la segunda me la puso la Triple A y la tercera vino de parte de la Armada. Nos decían que hacíamos “la revista del Proceso”; sin embargo, teníamos unos quilomb… bárbaros con los militares.
—Molestó a todos por igual.
—[Emilio Eduardo] Massera era un enemigo mío, ya que habíamos revelado la conexión entre él y Montoneros. Además, él estaba de novio con una importante escritora argentina.
—¿De apellido Lynch?
—Fui el confesor de Marta Lynch. Era el único que sabía de la relación entre ellos y Massera no desconocía que yo lo sabía. Fue una persecución terrible. Cuando me pusieron la tercera bomba en mi casa, el responsable de la Brigada de Explosivos me preguntó: “¿Usted vive acá? Porque esta bomba es oficial, son las bombas que hace la Marina”. Taparon a mi mujer y a nuestra beba de un mes con colchones y detonaron la bomba; al día siguiente renuncié a La Semana y nos fuimos a Europa.
El oficio y sus reglas
—Hace unas semanas, Florencia Peña, en Luzu TV, anunció, de manera errónea, la muerte del padre de Lionel Messi. ¿Usted, como director de un medio, qué hubiese hecho ante ese error?
—Me hubiera hecho cargo del tema y no hubiese echado a Florencia [Peña].
—¿Por qué?
-En primer lugar, porque no es periodista y fue la producción la que le pasó la noticia. Los periodistas han matado a mucha gente sin que estuviera muerta. A mí me tocó dar la muerte de Néstor Kirchner sin tener la confirmación. Fui audaz.
—¿Anunció una noticia tan trascendente sin la confirmación?
—Ni siquiera la Casa de Gobierno lo había confirmado. La verdad es que nunca le “chingué” a un muerto.
De política y políticos
-Si Cristina Kirchner se pudiera presentar a una elección presidencial, ¿qué resultado obtendría?
—Tiene posibilidades de ganar.
—Imaginemos un “boca de urna”.
—El país está dividido entre peronistas y antiperonistas. [Javier] Milei ganó porque ganó el antiperonismo. Cristina Kirchner de base, tiene 30 puntos, lo mismo que Milei. Ninguno hoy triunfaría en primera vuelta.
—¿Cómo evalúa la encarcelación de la expresidenta?
—Creo que no se puede encarcelar a un presidente, haga lo que haga.
—¿Por qué?
—Es una teoría propia. Si no está preso [Donald] Trump después de lo que hizo…
—¿A qué se refiere?
—Llevó a cabo un golpe en la mayor democracia de la historia. Cuando no ganó las elecciones, se dio el gusto de hacer un golpe y después volvió a ser presidente. Ella [Cristina] es culpable de todas las cagad…, estoy seguro, pero no debería haber ido presa. Del presidente para abajo, metan en “cana” al que quieran, pero un presidente no puede ir preso.
—Javier Milei es un personaje, por lo pronto, extraño para la política.
—Es muy particular; es un tipo violento, autoritario. En el último reportaje que le hice se enojó porque le pregunté cosas que él no sabía.
—Lo interrogó sobre el valor del pasaje de colectivo y el precio del litro de leche.
—Boludeces que debería haber sabido. Desde ese día, nunca más me dio un reportaje. Incluso, luego de haber tenido conmigo un gran gesto como irme a visitar a la clínica cuando había estado internado.
—Los políticos no suelen aceptar las críticas y, mucho menos, cuando se los deja en evidencia con cuestiones de la vida cotidiana tan sensibles para la gente.
—Un presidente debe saber cuánto gana un jubilado. Todos los presidentes que no saben ese tipo de cosas no tienen un buen final. Con Mauricio [Macri] no éramos amigos; teníamos una relación discreta y, 10 días después que asumió como presidente, me invitó a la Casa de Gobierno.
—¿Con qué finalidad?
—Me preguntó cómo veía el país.
—¿Qué le respondió?
—Le dije: “Mauricio, vos tenés un quilom… con los precios; no sé qué te dice tu ministro de Economía, pero vos no sabés cuánto valen las galletitas que consume Antonia, tenés que saberlo, porque valen una fortuna, vivís en una nube que no tiene relación con la realidad”. Efectivamente, Mauricio tuvo problemas con eso y, muchos años después, reconoció que su ministro de Economía le decía que no iba a pasar nada con la inflación. Y a Milei le pasa lo mismo; vive en una estratósfera. Es cierto que la inflación bajó, pero los precios suben.
—Algo catártico se puso en juego con el Mundial de Fútbol. ¿Qué considera que simboliza la Selección Nacional y, puntualmente, la figura de Lionel Messi?
—Esta Selección es un modelo moral, tiene fuerza, se ve a los jugadores en los momentos difíciles, le ponen garra. La Selección es una cuestión épica y ética, pero no desde el punto de vista de la decencia sino desde la ética de la acción. Este grupo humano le mostró a la sociedad que es fuerte, corajudo, que está en los momentos difíciles. (Lionel) Messi es un genio; no hay manera de compararlo con nada, desafía la ley de gravedad y hace goles.
Amor
Cristina Seoane, la esposa del periodista desde hace 49 años, va y viene asistiendo a su esposo, pero también atendiendo, como buena anfitriona, a los enviados de LA NACION. Ofrece bebidas, sándwiches, masas dulces. “Coman, coman”, insiste como una madraza.
Samuel Gelblung y Cristina Seoane tienen tres hijos —Federico, María y Maggie— y siete nietos. A su esposo lo llama “Chiche”, ese apodo que acompaña al periodista desde la cuna. “Es un ‘chiche’”, decían sus padres. Se había gestado una marca popular.
El marido se ufana de la conquista de hace casi medio siglo. Su esposa le sigue el juego: “¿Vos me conquistaste? Sí, es cierto, ´hinchaste´ bastante la paciencia”.
—Chiche, ¿ha estado demasiado tiempo ausente de su casa?
—No creo que haya estado ausente; me rompía el alma para poder cumplir con mi familia. Nunca dejé de almorzar con mis hijos, salvo que estuviera de viaje.
—¿Qué valor tiene el dinero?
—Mucho.
—¿Lo seduce?
—No soy un hombre que haya cuidado el dinero. Me gusta tener dinero para poder gastarlo.
—Se lo percibe un sibarita, coleccionista de lapiceras y relojes costosos, de buen vestir.
—Nunca me he privado de nada. Me gusta el dinero para gastarlo, no para acumularlo, aunque después me arrepienta de algunas cosas que hice.
—¿Cuál fue la mayor “locura” que cometió con su dinero?
-Llegué a tener seis autos en el garaje de mi casa. Una estupidez, porque más de uno no se puede usar.
Alguna vez se lo ha visto lagrimear pensando en Berta, su madre, y recordando a Alfredo, su padre. “Me emocionan”, reconoce, vulnerable.
—A su madre, un médico le había augurado poco tiempo de vida, pero ella “no cumplió”.
—Vivió 40 años más y murió durmiendo. Mi vieja vivía a 20 centímetros del suelo, era especial, no era una mujer normal.
—Alguien con su nivel de creatividad, con coberturas tan riesgosas, también ha vivido, en cierta forma, a 20 centímetros del suelo.
—Hay que tener un cierto grado de delirio; mis productos están por encima de la realidad. Cuando hicimos lo del “ET” fue de una audacia increíble, pero a mí me parecía normal.
—¿Cómo surgió esa idea?
—Cuando vimos la autopsia de un “ET” que habían mostrado en el programa Siglo XX, Cambalache, inmediatamente me dije “esto es trucho” y le pedí a mis colaboradores que hiciéramos lo mismo.
—También ha sido el responsable de difundir el “carajo mierda” de Mirtha Legrand, que la diva capitalizó.
—Hizo negocios, hasta publicidades. Obviamente, al comienzo se enojó, pero luego se dio cuenta de que era divertido y que la mostraba humana. A Mirtha siempre la mostramos humana, desde el día que, cuando cumplió 80 años, revelamos su edad, algo que no confesaba.
—Estando su esposa a pocos metros y escuchando, no sé si debo hacerle esta pregunta. Quisiera confirmar o no la leyenda sobre su romance con Marcela Tinayre…
—Fui y somos muy amigos; tenemos una relación espectacular y, cada vez que sucede algo, me llama.
—¿Fueron novios?
—No, ese es un chisme.
El futuro
—¿Qué lo ancla a la vida?
—Trabajar en estas condiciones es parte de mi terapia. Si no puedo trabajar, me enfermo; no puedo evitarlo, aunque lo que me motiva no es solo el trabajo.
—¿Qué más lo estimula?
—Sentirme pleno, útil, que mis hijos vean un ejemplo de vida. Tengo la cultura del esfuerzo aprendida de mi viejo. No me imagino jubilado; uno tiene la edad de sus proyectos y yo tengo proyectos; sueño con ellos. Quizás no se cumplan, pero los tengo.
—Actualmente, trabaja en Crónica TV, elnueve y Net TV. Además, edita el medio digital InfoVeloz y lidera un espacio en Radio del Plata. Como si todo eso no fuese suficiente, editar un diario en papel es uno de sus anhelos.
—No me quiero morir sin hacer un diario impreso de corte popular que tendría, de movida, 40.000 compradores. Si lo logro, me convierto en un genio. Tengo a la gente para hacerlo, pero no la plata para concretarlo.
—¿Cómo ve al periodismo y a los medios hoy?
—El periodismo no puede ser diferente a la sociedad y la sociedad está muy complicada. El periodismo no se puede escapar de la realidad argentina. El país es un quilomb… y el periodismo es un quilomb… Si se tiene un presidente como Milei, que dice lo que dice y se pelea como se pelea, no estamos muy normales, porque, además, lo bancamos; es un tipo demente, dice cosas que no se pueden decir, pero es el presidente que la gente votó.
—Usted cumplió con la educación hasta séptimo grado y se formó de manera autodidacta. Hoy se percibe cierta apatía por el conocimiento.
—Vivimos en un apagón cultural; la gente no lee; se desconoce la historia. Cuando llegué al periodismo, tenía 19 años, pero me preguntaban quién era Elías Alippi y sabía. Si hoy le preguntás a un chico quién fue Adolfo Stray, no lo sabe.
—A esta altura de la vida, ¿se piensa en la muerte?
—A la muerte no le tengo miedo, no me asusta y no se encuentra entre mis proyectos. Además, con mi trabajo la desafié muchas veces.
—Hace poco, un médico, con mal tino y poco tacto, le dijo: “Estuviste golpeando las puertas del cielo”. ¿Qué le respondió?
—Que nadie me atendía esa puerta y que se podía ir a la…
Fuente: La Nación










