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28 septiembre 2026, 8:00 pm

Aristóteles y la Amistad: Reflexiones que Resuenan en el Siglo XXI

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“Los hombres compran las cosas ya hechas a los comerciantes; pero no existe ningún comerciante de amigos”. Esta frase, extraída de la Ética a Nicómaco, parece ser un agudo diagnóstico que resuena en la actualidad, a pesar de haber sido escrita por Aristóteles en el siglo IV a.C.

Nacido en Estagira en el 384 a.C. y discípulo de Platón en la Academia de Atenas, Aristóteles dedicó gran parte de su obra a explorar la naturaleza humana, la política y la búsqueda de la felicidad. Tutor de Alejandro Magno y fundador del Liceo, su comprensión del vínculo interpersonal como pilar fundamental de la vida en comunidad es particularmente relevante hoy en día.

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En el Libro VIII de su tratado, que se centra en el concepto de la philia o amistad, el filósofo argumenta que los lazos auténticos no se pueden adquirir en un mercado ni construirse mediante un intercambio utilitario. Aristóteles distingue entre amistades basadas en el interés y en el placer, pero resalta que la forma superior es la “amistad perfecta”: aquella que surge entre personas virtuosas que desean el bien del otro por el mero hecho de ser quien es.

Este tipo de afecto requiere tiempo, convivencia y una entrega recíproca que ninguna transacción comercial puede replicar. Aristóteles profundiza en la naturaleza de estos afectos auténticos al afirmar que “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”. Con esta poderosa metáfora, no solo eleva el amor fraternal a la categoría de virtud moral, sino que también desvincula la ligazón afectiva de cualquier cálculo económico o conveniencia pasajera.

En un contexto donde domina la hiperconexión digital y las relaciones utilitarias, las enseñanzas del filósofo griego adquieren una vigencia incuestionable. Recordar que la fraternidad no se encuentra en una góndola ni se obtiene a través de un clic es, quizás, el primer paso para cultivar la paciencia necesaria para todo afecto duradero.

Fuente: La Nación

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